Archivos Mensuales: enero 2013

Libro / Historias de Hugo Dibarboure Icasuriaga / Cuento: “Doña Olga”

 

Doña Olga”, de Historias de Hugo Dibarboure Icasuriaga. Primera edición, Oficina del Libro, AEM, Montevideo, 1996.

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“Cuando la conocí vivía en La bolsa. La bolsa es una calle cerrada sin salida, condición por la que recibe su nombre. La entrada dista unos 300 o 400 metros de los lindes del pueblo. Después se mudó a una casita de material, a lado de los de don Pascasio Camejo, donde antes había vivido Grosses, el hermando de Fernanda, cuyo nombre ahora no recuerdo. Vivía sola.

Desde el punto de vista de la salud, doña Olga tenía muchas cosas y pocas cosas, como decían por allá al referirse a los achaques mas o menos intrascendentes. Tal vez su soledad le aumentara los dolores y tal vez también, la visita del médico cumpliera una función de relación social que ella no quería perder a ninguna costa , nis siquiera a costa de sus achaques.

Lo cierto es que nunca lograba que ella ne confesara sentirse bien. Siempre me refería una lista mas o menos larga y variable de síntomas inespecíficos. Una vez, yendo hacia su casa por la bajada que va desde la plaza hasta la esquina de donde vive ahora doña Ermelinda, me dí cuenta de que doña Olga me veía llegar a su casa y tuve la intuición de que entonces ella pasaba rápida lista a sus achaques, comprobaba uno a uno sus dolores para esperarme con todo ello pronto para disparármelo en cuanto llegara. Así que esa vez opté por no llegar.

Al día siguiente cambié la vía de acceso a doña Olga.

En vez de llegar por el frente llegué por sus espaldas. Entré pidiendo permiso por lo de los tres hermanos Olivera, crucé por los fondos de lo de Domingo Pressa, pasé el alambrado lindero y llegué a lo de doña Olga que estaba carpiendo y dando vuelta tierra. Sin saludar siquiera, señalándola acusador con el índice, le dije

– La jodí, hoy está bien.

Doña Olga pasó de la sorpresa inicial a una hilaridad que sacudía toda su figura: Lloraba de risa y con una mano en mi hombro me decía entre las sacudidas de su cuerpo,

-Usted es un pillo, un gran pillo-. Yo también reía, claro está.

Desde ese día las relaciones se establecieron sobre bases cómplices que supusieron serias negociaciones sobre dolores, medicamentos y placebos. Relaciones mucho mas saludables por partir del reconocimiento de la situación, y tal vez por la risa de su génesis.”